Del contrabando y narcotráfico a la infamia

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Colombia entera no sale de su asombro por los actos infames que se descubren en la Guajira, los cuales a decir verdad superan los de la época del contrabando y el narcotráfico.

La pobreza y el abandono gubernamental siempre la han llevado a la ilicitud. El comercio de cigarrillos extranjeros y whisky, electrodomésticos, ropa, y hasta armamento, predominó entre sus gentes desde sus épocas de Intendencia, Comisaría y mucho más allá de su segregación del Magdalena Grande cuando se convirtió en Departamento. De esto da razón el maestro Escalona en su canción del año 1951 al referirse al golpe que el “Almirante Padilla” le asestó a su amigo “Tite” Socarrás en el hoy abandonado Puerto López. No era época de homicidios, ni masacres, ni peculados. Era asunto de sobrevivencia.

Álvaro Morales / Escritor

A pesar de sus adversidades, y “como queriéndose meter hasta el mar así, como engreída”, la naturaleza no ha sido del todo negada con esta región de población indígena en más del cincuenta por ciento. Y aunque el desierto predomine, la mano del Supremo la dotó con varios pisos térmicos, ricos yacimientos de carbón, oro, y con la explotación de sal marina más grande de Colombia, las Salinas de Manaure.

La descomposición comienza por allá, a mediados de los 70´s, cuando el cultivo y el comercio de la Hierba Maldita imperó en toda la región y se hizo dueña de la economía del departamento. La desfachatez se desbordó. En petulantes y bravucones se convirtieron los nuevos ricos. El whisky, las rangers y los conjuntos vallenatos los identificaban. La rapacidad los llevó a autodestruirse. Aparecieron los asesinatos y las masacres.

Pero las nuevas generaciones, ya no contrabandistas ni “marimberas”, ni las que tampoco llevan a votar todo el día al mismo “indiecito” que marcaban con tinta indeleble como en otra época lo hicieron sus antecesores, ahora, de manera infame y despiadada descubrieron que rápidamente podían enriquecerse con sus coterráneos infantes, inscribiéndolos en listas fantasmas como si estuvieran recibiendo opíparas porciones de alimento que entrega el Estado.

El afán licencioso del enriquecimiento ilícito de los corruptos dirigentes de la región con avales son aprobadas desde las oficinas de los Partidos en Bogotá. No importa si el acreditado es “matón de esquina”; lo que interesa es que sume votos así sean conseguidos con el dinero de las porciones alimenticias de los niños.

Toda la región está contaminada. La descomposición ha llegado a grado sumo. Lo mismo están alcaldes que gobernadores. Parlamentarios que funcionarios. Contratistas y contratantes. El pueblo que elige y los que lo gobiernan. Y el gobierno y sus autoridades dicen actuar pero no frenan la peste que ha infectado a esta hermosa y abandonada región del país.

La Guajira, tierra de cantores, tierra de Francisco El Hombre y de juglares, que “claro tiene una estampa de acento y casta, y de gente buena…” como dice Rafael Manjarrez en su canción, hay que quitársela a las garras de la infamia.

 

Por: Álvaro Morales

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