El arbolado urbano de Cartagena

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Las ciudades se distinguen por sus paisajes, arquitectura, historia, símbolos, sus gentes y original cultura. De los elementos que producen paz, alegría, aire puro, frescura, belleza y armonía, los arboles son su mejor exponente en la materia. De singular belleza y autenticidad dan cuenta las especies nativas de cada región. Otorgan un especial reconocimiento, vida y esplendor.

En nuestra urbe contamos con exponentes emblemáticos en esta materia, como ‘el palito de Caucho’ refugio de tertulias, emblemáticos emboladores al pie de la Torre del Reloj. Especies de colores como bonches y trinitarias florecidas resaltan el ambiente. ‘La Ceiba’, famoso referente en la curva de ‘la Postobón’ en el Bosque y tantos otros cauchos cartageneros y oities son de singular historia para cada barrio o esquina de la ciudad.

Constituyen materia de nostalgia algunos ya desaparecidos. Unos por la voracidad del tiempo y el “desarrollo” o el frenético crecimiento no planeado y, otros por la incesante depredación de indolentes seudoconstructores y autoridades permisibles, que no fueron capaces de prevenir, controlar, atenuar o al menos minimizar, los posibles impactos y efectos negativos que ahora sufrimos y tenemos que soportar por el cambio climático.

Es inevitable recordar historias tristes y de mal precedente para el ciudadano como el desaparecido corredor manglarico de la Boquilla presa de piratas e invasores, la famosa Bonga del estadio de Softball de Crespo, el separador de la avenida Pedro de Heredia, o los arboles caídos en la Clínica del Mar o la galopante e infame degradación del Cerro de la Popa u otros arboricidios de ingrata recordación.

Cartagena requiere reforestar, arborizar y restaurar su paisaje. Conservar, recuperar y renovar su entorno, controlar la erosión de sus cerros y lomeríos. Es menester mejorar la calidad del aire y regular nuestra temperatura. Es necesaria una relación armónica entre el ecosistema construido y la diversidad biótica. Allí está la clave de la sostenibilidad urbana y el equilibrio ambiental para asegurar la persistencia de nuestra riqueza biológica, la oferta de bienes y servicios ambientales de nuestro patrimonio, único e histórico y su potencial turístico y cultural.

La tarea de lograr un arbolado lleno de especies nativas, en los lugares acordes y con las especies adecuadas, con la estética y sin reñir con su deber ser paisajístico, recreativo, social, económico y ambiental de la ciudad no es solo inaplazable como indicador de nuestra calidad de vida, si no inminente como regulador, ordenador y configurador del caótico y crítico espacio urbano en que nos debatimos hoy los cartageneros.

Por eso, esperemos que el nuevo Plan Indicativo de reforestación urbana anunciado por la administración distrital preste el servicio de minimizar impactos ambientales y contribuya a sensibilizar al mismo tiempo la indolencia ciudadana a la que están expuesta nuestras casi extintas especies de flora y fauna.

Por: Alvaro Jose Monterroza Garcia


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