Pareciera que los últimos acontecimientos ocurridos en Cartagena fueran acontecimientos aislados y derivados, para algunos, de la improvisación o simplemente de errores administrativos o de cálculos estructurales. Casi nadie toma en cuenta, o mejor, desprecia causas de índole espiritual porque cree que lo más probable es que lo tomen por loco o por fanático religioso. Presuntamente así sea.

Recordando los hechos, hace algo así como unos cinco años, y de manera intempestiva, se desplomó la Cúpula del Templo de la Iglesia Bautista de Cartagena; uno de los primeros construidos por misioneros Protestantes que llegaron a la ciudad. Muchos comentarios se hicieron y hasta presagios o premoniciones se llegaron a expresar. Y no era para menos.

En junio del año 1995, durante el gobierno del alcalde Guillermo Paniza, se desplomó un buen tramo del puente que su antecesor, Gabriel García Romero, había construido sobre las aguas de la Laguna de San Lázaro para remplazar el emblemático y vetusto Puente Heredia.

Posterior al desplome se supo que el sobrecosto de esta obra no sólo superó los mil trescientos millones de pesos sino que el plazo de entrega de seis meses pasó a dieciocho y que la firma elegida no fue la más idónea.

Veinte años después, en agosto de 2015, la imagen de la Virgen del Carmen anclada en medio de la Bahía de Cartagena fue destruida en gran parte por un rayo que en medio de una tempestad cayó sobre ella.

Ahora, los hechos recientes, el desplome del Edificio Blas de Lezo II; y el más fresco, el desplome del Templo Católico “San Luis Beltrán” en el barrio Martínez Martelo; son entre otros, los acontecimientos que tienen que poner a pensar a la ciudadanía.

Por otro lado, ante la advertencia de un posible desplome del peñasco del Salto del Cabrón pedimos al Supremo que se apiade de esta ciudad y no solo evite que ocurra este atemorizador desmoronamiento sino que mueva el corazón de quienes gobiernan para que más temprano que tarde inicien los trabajos que detengan el asustador acontecimiento.

Pero cierto es igualmente que nuestra ciudad pasa desde no hace poco tiempo por el desplome de muchas de sus estructuras sociales, económicas, políticas y gubernamentales y hasta religiosas.

La pérdida de principios y la moral administrativa por parte de mal llamados servidores públicos ha repercutido en el desplome de las instituciones.

El derrumbe de principios ha afectado a todas las ramas del poder público; y la infiltración de la maldad y la corrupción en la política han derrumbado su sano y noble ejercicio.
Y por último, algo que se ha puesto de moda, la manera desvirtuada y corrupta de predicar el Evangelio han incidido en el desplome de la fe.

¿Cuándo empezaremos a reconstruir la ciudad y la ciudadanía?

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